
estoy tan lleno de espera
que nada más abrir los ojos
una espera una espera
sale de mí
pero siempre tengo
llenas las manos
el cuerpo entero es espera
(67)
Henri Meschonnic, de L’obscur travaille (2011)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

un árbol dos árboles
tengo todo lo necesario
para respirar las alturas
soy yo mismo
una parte del paisaje
es la finalidad
de mi maleza
y tengo tantos nudos
como cualquier otro árbol
(10)
Henri Meschonnic, de L’obscur travaille (2011)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

necesito el cielo en mis ojos
en mis manos en mi cuerpo entero
no miro por la ventana
soy la ventana
los pájaros que veo me
atraviesan por completo como
tú porque no estás al lado
de mí
estás entera en mí en mí
la ventana ha hecho su trabajo
escucho un pájaro y tú
en mí
con los ojos cerrados ya no sé la diferencia
entre el cielo y yo
(26)
Henri Meschonnic, de L’obscur travaille (2011)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.
Heather Dohollau. Treherbert, Gales, 1925 – Saint Brieuc 2013.
Heather Dohollau nació en Treherbert (Gales) en 1925, y falleció en Saint Brieuc, al noroeste de Fr
ancia, en 2013. Ser una poeta británica de expresión francesa es tan sólo una de las múltiples paradojas que encerraba la vida de Heather Dohollau. En su voz elegante subyace la mirada paciente y sosegada que apacigua la euforia y sin embargo la incita. Una mudanza de espacio trajo en la vida de Heather otra de lengua, habitante de islas y rincones, madre de siete hijos y vital reivindicadora de su libertad, nacional y privada, su obra deambula entre lo real y lo irreal, una zona que sólo atraviesa el lenguaje como espíritu.

A Heather Dohollau le interesa la verticalidad, la perspectiva, la distancia: todos los elementos que estructuran el paisaje. La forma, el volumen, lo que no está, lo que desaparece salvo por un atisbo de la vista. Los poemas de Dohollau están imbuidos de un sentido del asombro y de una serenidad que se expresa en imágenes inusitadas, inquietantes, delicadas y oraculares. Una presencia extraña, mística, y otra familiar, vibra en sus versos. Escrita desde lo intangible, a su poesía le interesa la desaparición: no lo desaparecido, sino el momento de transición en el que se pierde de vista lo que está. Y del choque de ese sitio de luz confrontada consigo misma se desprende una forma tangible de transparencia.


El miedo a comenzar
a perder el regreso
a abrir demasiado pronto
la puerta de las palabras
antes del silencio
y del sol de la mañana
donde el tiempo se despliega
.
pero ahí estaban los perfumes
su venida intempestiva
allí donde estoy yo
y el presente infinito
de un sueño desbordante
(12)
Heather Dohollau, «LES PARFUMS», de ‘Après la Grèce’, en Un regard d’ambre (2006).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.
Lorand Gaspar. Transilvania, 1925.
Túnez. Funda y dirige en los años setenta la revista Alif, junto a Jacqueline Daoud y Salah Garmadi, sobre literatura árabe y francesa. En su faceta como traductor, Gaspar exploró las escrituras de autores como D.H. Lawrence, Rainer Maria Rilke, Georges Séféris y Janos Pilinszky, entre otros.

1.
me quemo suavemente
hierba de los días de verano
un grito de silencio
en la idea de infinito —
la legra de la mañana desnuda los huesos
el cielo está desnudo un hombre escucha
los ruidos de su corazón empujados por el mar —
(70)
Lorand Gaspar, «La Maison près de la mer I» en Patmos et autres poèmes (2001).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

En el pavimento del nombre
has recogido esta materia alada.
Deletreaste en voz alta, proclamaste el soplido
la pesada cadena que rechina en el sueño
de las anclas en los puertos desconocidos —
Tu ojo pegajoso en la madrugada
intenta comprender, sajada por el remo
en lo untuoso de los grises, esta otra claridad.
Eso que has visto fermentarse en la carne
cuando la bóveda de las aguas se rompe de repente
sobre el portador de brasas, el secuestrador nocturno,
que has enterrado apresuradamente debajo de las noches
o en la aspereza del mediodía cuando la escalinata líquida
del fuego se prende en un cuerpo desconocido
y ensombrece su vientre de zarza espinosa.
(EJ, 16)
Lorand Gaspar, «Épiphanie» en Égée (1980).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

llevamos en nosotros
el final y el inicio
en nuestros sueños de hombres
el sueño del mundo
nos unimos a la noche
para renacer a los días
venimos de la tierra
es decir de muy lejos
y nuestra estrella brilla
en otro cielo
(68)
Amina Saïd, de De décembre à la mer (2001).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

en la noche originaria
cuando el blanco
y el negro eran uno
cuando el hombre
era todavía pájaro
destinado a vivir
en la espiral del viento
caminábamos hacia nuestra luz
fuera de la noche ya madura
midiendo en ese lugar que nos persigue
la distancia entre dos distancias
la obscuridad del agua nos miraba
la escalera sube hasta lo estrecho
el alma nació al cuerpo
y el cuerpo al alma
el ojo fue espejo
yo te entregué mi imagen
(69)
Amina Saïd, de De décembre à la mer (2001).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

todo este tiempo
estabas de viaje
luego te despertabas poco a poco
en la antesala de la muerte
todo este tiempo los vivos
y los muertos se daban la mano
y bailaban alrededor de ti
una danza infernal
todo este tiempo yo te llamaba
convencida de que una palabra mágica
podría devolverte al día
todo este tiempo arrebatado al sol
con el corazón palpitando por la noche
te dabas la vida
renaciendo de ti mismo
en un lento trabajo
(41)
Amina Saïd, de De décembre à la mer (2001).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

vivimos nuestra vida
en el tiempo y sin lugar
largo día entre otros
en el incierto movimiento
de la luz
nuestras sombras se agitan sobre la tierra
y delante de nosotros se despliegan
paisajes humanos
entre pasado y futuro suspendidos
cada poema escrito es una parte
de nosotros que muere y que renace
como la lámpara o la estrella
emitimos a veces
un destello más vivo
(65)
Amina Saïd, de De décembre à la mer (2001).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

un instante existimos
al presentir
la eternidad de nuestro deseo
no somos ya completamente
desconocidos a nosotros mismos
las arenas de la palabra
guían nuestro paso
en este largo camino hacia el origen
(66)
Amina Saïd, de De décembre à la mer (2001).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

cuerpo de mujer
como jardín posible
esperanza de lugar
con sus frutos frondosos
sus múltiples inicios
su parte de eternidad
la luz secreta
de su sombra incendiada
sobre el péndulo de la tierra
ella oscila ya
con todo el peso de la noche
en su cara sombría
se implanta la noche
soy la vida dice
yo invento
(53)
Amina Saïd, de De décembre à la mer (2001).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.
Yves Bonnefoy. Tours, 1923.
Bonnefoy encarna una de las modalidades contemporáneas del poeta total. Pensador, crítico, agitador cultural, las ocupaciones metafóricas de Yves Bonnefoy atraviesan la imagen desde todos sus ángulos. Tras un acercamiento juvenil al surrealismo, funda posteriormente la revista La Révolution la Nuit (1946). Destaca su noción de «la presencia del mundo», el aquí y el ahora, la precariedad de lo inmediato y de su desaparición: la apariencia efímera. Es quizás en torno al ícono, el percepto visual, donde Yves Bonnefoy ha tejido la espiral de su escritura, logrando abstraer las entidades percibidas a través de la reflexión del concepto. Concepto y percepto tensan la trinchera de la poesía de Yves Bonnefoy.
Fuertemente intelectual y delicado, este filósofo del verso con indicios de matemático, ha traducido a Shakespeare, a W. B. Yeats, Petratca, Leopardi y Georges Seferi. Yves Bonnefoy es doctor honoris causa por diversas universidades entre las que se cuentan Neuchâtel, Chicago, el Trinity College de Dublin, la Universidad de Edimburgo y la de Oxford. Ha sido profesor en el College de France, y entre los múltiples premios que su obra cuenta están el Gran premio de poesía de la Academia Francesa, el Premio Goncourt de poesía o el Premio de la Bibliothéque Nationale de France. Ha sido enérgicamente traducido, por lo que mi acercamiento a su obra es limitado pero atento.
Salah Stétié. Beirut, Libia, 1929.

Stétié es sin duda una figura de conciliación entre varios mundos: un puente. Entre las distinciones que rodean su obra y su figura está el premio Max-Jacob y el de la Academia de la Lengua Francesa; es doctor honoris causa por las universidades de Beirut, Burdeos (Michel de Montaigne) y Cergy-Pointoise.


Robert Melançon. Montreal (1947).
Desde la aparición de Peinture aveugle (1978) Robert Melançon emergió en el contexto de una poesía quebequense en plena ebullición. Su acercamiento a los márgenes de calma del espacio urbano, pero sobre todo su atención delicada por la observación fueron nutridas por su destacado conocimiento de la pintura y las artes plásticas. Para este poeta, traductor y profesor de la Universidad de Montreal el ojo es un órgano central. Quizás la aparición sea el término de uno de los aspectos cruciales del ejercicio poético de Melançon. En ese suceso, la luz baña el volumen y la forma propiciando el lento y delicado surgimiento del mundo, inmerso en el color.Rina Lasnier. (1915-1999)
Philippe Jaccottet. Moudon, Suiza, 1930.
Una enérgica labor de traducción ha caracterizado el quehacer literario de Jaccottet. Goethe, Hölderlin, Leopardi, Rilke, Thomas Mann, Giuseppe Ungaretti, con este último lo unió una profunda amistad. Con todo, se diría que la suya es una voz discreta, alejada en cierta medida del mundo literario. Jaccottet necesita el espacio. El Gran premio Nacional de poesía, el Premio nacional de Traducción o el Premio Goncourt de poesía son sólo algunos de los reconocimientos a su obra.
Paul-Marie Lapointe. Lac-Saint-Jean, Québec, 1929 – Montreal 2011.
Paul-Marie Lapointe ocupó un espacio epicéntrico en la poesía quebequense de la época tanto como en la vida política de una sociedad necesitada de redefiniciones y levantamientos simbólicos: construir la memoria literaria a partir del territorio y del lenguaje fue quizás una de sus funciones. Profundamente vinculado a la que se convertiría en la editorial nuclear de la poesía quebequense (L’Hexagone), Paul-Marie Lapointe supo hacer emerger con fuerza una escritura arraigada al suelo y a los árboles.