[Entonces de nuevo mi camino hacia ti]

Nishe
Entonces de nuevo mi camino hacia ti
dime
¿qué proferí toda la noche
y para qué todo este periplo?
No he abandonado un solo instante
el filo de la navaja
la cima de fuego
veleidoso
Qaïs
pero mi desierto estaba impracticable
Al-Ma’arri
pero el infierno estaba vacío de Dios
mecanizado el infierno
Sindbad
pero dije haber enterrado los milagros
Ulises
pero yo mismo había
desplegado las velas
hacia todas las intersecciones del riesgo
veleidosamente
la luz y la tiniebla
hombre del Uno
y de lo múltiple
veleidosamente
la complejidad del árbol
y la verticalidad monolítica
del obelisco
(133)
Abdellatif Laâbi, extracto de L’Arbre de fer fleurit (1974)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Lámpara de gel afrutada de nieve]

Ezgi Polat

V
Lámpara de gel afrutada de nieve
el día entre el día es luz
entre las manos de quien hará el día
para una lámpara dormida luego despierta
en una segunda lámpara salpicada
de frío pero despierta por el sueño
cae
de la palabra
: recogida por la ceniza

(82-83)
Salah Stétié, «V», en Inversion de l’arbre et du silence (1981)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí

[Entre las hojas húmedas]

 

[Para los que sostienen: aún.
Dedicatoria del traductor.]
Entre las hojas húmedas
el olor a ajo en flores
al pie de las cuestas
un arroyo casi invisible
traza un pasaje hacia el mar
esperar aquí
a que los caminos se tracen
a que las marchas se crucen
alrededor en las terrazas del tiempo
brillan las claras pasarelas
hacia las comarcas
como una flor la vida se viste
pétalo sobre pétalo los años
tocado por la transparencia
el corazón se ausenta
(65)
 
 
 
Heather Dohollau, extracto de «L’Ombre au Soleil» en Matière de lumière
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Río mi luz]

Pavel Kiselev
Río mi luz
dulce desvestido
sobre ti hay un cielo fuerte
es el otro cielo: no el cielo de esponja azul
– el cielo de esponja azul tiene bustos que fundan
es el otro cielo cerrado como una lámpara
inalterable en su vidriera
la recta inmovilidad de una flama
cerrada en sí misma como la idea de Dios
pero tú sigue tu camino dulzor bajo el cielo fuerte
agota nuestros secretos azul vacío y luego
unidos, amor, la imagen con el cuerpo
celebra a toda hoja aquí que tiembla
– antes de que lleguen las chiquillas, y su herida
Salah Stétié, en L’eau froide gardée, 1973.
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Este silencio, esta hora remanente]

Berta Fischer



AL ALBA
Este silencio, esta hora remanente
donde la noche se retira
antes de que se forme el día
me son dados por esta invasión
de una alegría incomprensible.
Y esas tinieblas mezcladas
con el horizonte donde la claridad no existe todavía
esta boca que se abre,
donde el negro ya no es esta masa sin forma,
tinta o carbón u hollín, no es más
que ausencia. Alabado sea el mundo
también por esta nada.

(24)
Robert MelançonPeinture aveugle (1978) 
Traducción de Víctor Bermúdez
Original aquí.

[En el cielo que se abre]

Aili Schmeltz

A las 6
En el cielo que se abre,
te dispersas,
noche, archipiélago violeta
que disuelve el agua del día.
Derivas en la claridad
que mana de tu superficie
y que te abolirá. Teatro
donde el mundo comienza
con confusión, boceto
a la llamada surgida de los árboles;
donde te pierdes
para que hojas y ramas
fachadas y nubarrones multipliquen
la luz que ha roto
este bloque negro
que en ti fue el mundo
(43)
Robert Melançon, Peinture aveugle (1978) 
Traducción de Víctor Bermúdez

Original aquí.

[Esas figuras las pedí prestadas]

Aili Schmeltz
AMANTE
Esas figuras las pedí prestadas
a Petrarca y a sus imitadores,
que osaron la lengua verdadera,
la lengua extravagante del amor:
como la rosa húmeda cuando
la aurora, su rival, sólo se ruboriza
de vergüenza por la claridad
que brilla en sus espinas, más
roja que el horizonte, así,
y aún más increíble,
vienes en el estremecimiento
del mayo más hermoso del siglo,
y haces del sol, rueda ardiente,
un simple tropo: así el alba
barre a su paso las estrellas
(16)
Robert Melançon, Peinture aveugle (1978) 
Traducción de Víctor Bermúdez
Original aquí.

El árbol, allá: árboles.

 

Cy Twombly

 

El árbol, allá: árboles.

Pero tan sólo el árbol.

 

 

La luz que lo descubre,

no ha sido dicha la luz justa –

 

 

 


 

 

 

 

El árbol.

En el invierno que molesta,

y sosiega.

El árbol en el invierno impronunciable.

 

 

Con el árbol

talado

la luz cae

de otra manera.

(50)


 

 
 
 
Gilles Cyr, en Sol inapparent (1978).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.
 
 

El comienzo del verano

Berta Fischer
El comienzo del verano
La aurora rosa y melocotón 
al borde de los techos se dispersa
en el azul. El día sube
encima de los jardines donde no hay nadie
a esta hora que limpia todo,
en el comienzo perfecto
de todas las cosas. Escuchas
el rumor de la ciudad, el concierto
de los pájaros que no ves
en la amplitud sin límite de las hojas.
Se esboza el barrio, calles y casas
de madera, ladrillo y piedra,
sus ventanas multiplican el sol.
Recorres con los ojos el espacio
que se abre, abanico inmenso.
Junio está aquí: una lira de hierba.

(20)
Robert Melançon en Peinture aveugle (1978)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[El árbol es el maestro del ave]

 

Geordie Wood

Los aves sólo se mezclan con la luz…

– Escales

NOTA
El árbol es el maestro del ave; nunca la retiene, y después de haberla nutrido y abrigado, la manda de nuevo al privilegio de la libertad. Migratorios orientados a los astros, los pájaros, a fuerza de desaparecer, parecen renacer siempre en cada regreso a la rama.
La poesía enseña al poeta, sin dictadura; el poema, fenómeno de aislamiento, debe nacer alado de libertad y de espacio, como el ave. Su única liberación es la alegría diseminada.
 
Rina Lasnier, en Les signes.
Traducción de Víctor Bermúdez. 
Original aquí.

El fuego abierto

Brandan Zych

EL FUEGO ABIERTO
Conciencia solitaria del fuego sobre la extensa nada de la nieve
en este largo río de mareas bajas y lunares;
he aquí para la nieve la estación de los ojos sin codicia,
de la desnuda videncia sin desviación de colores
—todo color es soplo y sangre al fuego abandonados—
el fuego libre en el intolerable don de sí mismo
el fuego en la ausencia intolerada de su mirada.
De qué sirve brillar como el cuchillo de la hogaza
o como el lago en el ronzal del hielo azul
cuando la luna es una lámpara sobre el mosaico de los muertos
y la nieve una pureza legal estrechando la luz;
la hibernación vehemente del fuego realumbrará la aurora solar,
y este fuego abierto en la nieve como el fuego del fundidor
esculpirá en el aire la quemadura incorpórea.
Rina Lasnier en L’arbre blanc (1966).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

Peso de la nieve

Arto Pazat

PESO DE LA NIEVE
Ligero, muy ligero el laberinto de la luz
por la pelusa nómada de la nieve miríada,
llegó esta última jugando a fuego-iluminante
sin el derecho soberano del invierno.
Pero la nieve es sedentaria y tiene un solo dueño,
el viento la arrastra y eleva sus revueltas nubosas
para desanudarlas a lo lejos, despojadas de centro;
el peso acumulado de esa nieve cargada de persistencia,
¿es el quebranto de los mares interiores de la luz
o el de la creación orbitando otra vez el Espíritu,
o bien toda larga pena abandonada sin alivio de canto,
y el viento exhausto no desviará este mar muerto?
Cuando la nieve tome de ella misma el gusto táctil de la rosa,
cuando cambie de estirpe y de sed menos blancas
para perder memoria de muda y de dársena visionaria,
la tierra tendrá sus fuentes sombrías y proveedoras,
y los ojos abiertos de la nieve fusible verán
la zarza ofreciendo su rosa a los manzanos ostentosos.
(12)

Rina Lasnier en L’arbre blanc 1966.
Traducción de Víctor Bermúdez.

Original aquí.

Noche blanca

Arto Pazat


NOCHE BLANCA
Ni día ni noche ese alba apartando el día a medida,
esas islas coposas de noche lunar y más lenta
y esa lentitud brilla de celos del silencio;
nieve de ningún naufragio como un secreto en la única palidez,
como una larga pena en sus hullas blancas
ya que la voz aquí no tiene sombra ni el grito trampa.
Es la noche blanca de los ojos abiertos de la nieve
y el viento no le mostrará nada
salvo este lazo paralelo de su caída centellante
y los matorrales arrancados de las visiones internas.
Que lejana la muerte con sus polos magnéticos,
y el sol con sus fronteras de circulares colores
y que a veces el zorro mezcla en su hocico de tanta hambre.
Lenta tapicería de mallas de estrellas filamentosas,
ligero balanceo de prodigios despegados de la piedra del día;
estaciones del cuerpo y del lugar del amor conjunto inencontrables,
ligera encarnación de la memoria que pasa a sus bálsamos blancos.
(11)

Rina Lasnier en L’arbre blanc 1966.
Traducción de Víctor Bermúdez.

Original aquí.

El árbol blanco

Pavel Kiselev
EL ÁRBOL BLANCO
El árbol se encantado por una nieve siempre sobrevenida,
y el árbol es un soplo inspirado en una máscara de seda
y no la obra de la sombra bajo un acervo de hojas;
por la energía del frío la nieve ha duplicado su pureza
y todo barril blanco es el trípode del sueño.
Moldeado en esa nobleza marginal y descarnada,
el árbol se parece al alma en la victoria de la muerte
y al amor en la estatura de su fábula;
el árbol cobró carne de espectro para crecer
y unirse al lago vertical del azulado horizonte.
Entonces quién revuelve el hidromel de los vientos,
de esas nieves en volutas, de este vino oxidado del invierno
sino el viento impostor de videncia y de atuendo,
y el árbol defraudado es una huida de víboras blancas.
(10)

Rina Lasnier en L’arbre blanc (1966).
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

Oficio del más noble

Eileen Shahbazian

            OFICIO DEL MÁS NOBLE
Nieve, oficio lento del más noble tiempo,
del tiempo de nevar de los ríos levantando los suelos
y la tierra remonta entre sus bordas blancas
para entrar en la primicia del tiempo de la escucha;
palidez de la carne tocando en todas partes los huesos,
palidez de la sangre en ese huracán dulce de la inocencia.
He aquí la tierra con su atuendo inabarcable y reluciente,
he aquí el espíritu del extremo exilio del conocimiento
nieves, desaceleración de palabras en idiomas de sueño,
sin imagen como el mar y sin escritura como los cielos;
acopio de los fuegos primigenios por la gravedad de la nieve
como una exultación en la frescura de la lucidez.
La tierra es un campo de sarracina sin olor,
una real mortandad se sube a las rodillas
–– es estrecha la apuesta de Dios sobre sus muertos ––.
Lenta nieve, lluvia poblada de mariposas muertas
para el reposo de los párpados incubando islas de fuego;
trashumancia de la luz que busca encarnación
como un amor tocando la superficie y la marea de las manos.
Estación silenciante y lo invisible es una caricia,
el poder de las palmas en la caída noble del signo
y Dios brilla finalmente en este oro íntimo al espíritu.
(9)

Rina Lasnier en L’Arbre blanc 1966.
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

El río en el árbol

Arto Pazat

EL RÍO EN EL ÁRBOL
Cuando el azul que lleva lo depura
de los viejos ahogados, de la gélida muerte:
el sol se anima y se despliega
cargándolo de glifos
en una onda benévola,
una lengua de címbalo,
atenuada por la pelusa
de mil tórtolas.
Demasiado naciente, demasiado pura,
la luz le ofrece en holocausto
la mirada que no sabe acoger
la estridencia del destello.
Así camina el río
frenético de primavera,
fecundo de transparencia,
como un árbol se alía con el aire.
Fernand Ouellette, en Ici, ailleurs, la lumière (1977)
Traducción de Víctor Bermúdez. Original aquí

Amante

Teresa Queirós

Amante
Como el agua de un pantano (horas,
semanas, meses, años,
intervalos, momentos) el tiempo
podría acudir (infecto, verde)
sin forma, sin nombre. Pensé
desierto, piedra, silencio.
Tú viniste a mí como revela abril
al mundo que era más que probable
su variedad, el murmullo
de la luz en las hojas. El tiempo
me lleva hacia el jardín de tu presencia.
(14)
Robert Melançon en Peinture aveugle (1978)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

Oxígeno

Geordie Wood

OXÍGENO
Alcanza el sitio donde se extiende la cometa en hilo
            de luz.
Alcanza el sonido que condensa nuestras albas, el cuerpo
            que crece del ojo hacia el abismo.
¡Eh! ¡habitarán las piedras el instante del vuelo,
            y el espacio en vano perseguirá tu rostro!
¡Que nadie ose inventarte el milagro del hueso
            que canta!
Inmóvil, da el salto de una pluma que el sol aspira.
Fernand Ouellette en Ces anges de sang (1955)
Traducción de Víctor Bermúdez

Original aquí.