Los pensamientos

Andreas Nicolas Fischer
LOS PENSAMIENTOS
Los pensamientos se dispersan,
similares a sombras del deseo alto.
El pájaro quebrará su larga errancia…
Los amantes que se abrazan
presienten el horror.
Los álamos se agitan a los lejos
en el delirio del aire.
¿Pero debe toda palabra
obscurecerse?
¿Sin visión el corazón
tan sólo puede desistir?
¿No hace falta morir
desde la noche de la mirada?
Entonces la mañana pasa
sin que el árbol se enderece,
pasa a veces muy alto
como un acorde del mar.
Se sumerge la golondrina entre nosotros,
en pleno sueño,
lámina azul y fina.
Se apaga el alma.
El cuerpo nos cierra el horizonte.
Fernand Ouellette, en Ici, ailleurs, la lumière (1977)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

El río en el árbol

Andreas Nicolas Fischer 

EL RÍO EN EL ÁRBOL
Cuando el azul en él lo purifica
de los viejos ahogos, del hielo muerto:
el sol se jacta y se despliega
cargándolo de glifos
en una onda benévola,
una lengua de címbalo
amortiguada por el edredón
de mil tórtolas.
Demasiado naciente, demasiado pura,
la luz en él ofrece en holocausto
la mirada que no sabe acoger
el estrépito del centelleo.
Así el río camina
alborozado de primavera
fecundo de transparencia
como un árbol que se ensambla al aire.
Fernand Ouellette, en Ici, ailleurs, la lumière (1977)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.


El río vertical

Andreas Nicolas Fischer 

EL RÍO VERTICAL
Tantos signos
            tantas esperanzas chocando contra el cielo…
Mucho tiempo
            la vertical germinó en la arcilla.
Luego el río se puso de pie
            como un macho alargado se rehúsa
            al silencio de las efigies.
El río se convierte en árbol,
            el vergel que asciende
            aligerado
            por el alborozo las de las flores.
Con el alga
            la pesadez de los sueños de granito
            y las miles de agujas de los peces muertos
como pájaros carpinteros
            sobre la carne de la memoria,
            vino la caía de las sombras
el tiempo de la sangre a lo largo de los ríos.
Sueño de cal,
            pulverizando el rostro de un país puro
            y huyendo los ojos
como pájaros
bajo los plomos.


Oh, ¡la obsesión de una vida boreal
antes de que la historia sea el relato de las estatuas!
¡El espacio!
el río lo avivará para un mundo.
Los fetos ya no reventarán de sed.
Vendrá la muerte bajo la mordedura del sol.
(47-48)

Fernand Ouellette, de Le soleil sous la mort (1965)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

La montaña

Andreas Nicolas Fischer
LA MONTAÑA
Aunque la montaña…
¿No traza la vertiente su llamado
ahí donde ni los árboles ni las sombras proclaman?
Y se apaga la sonrisa misma,
finamente fija en el oriente,
que un sol abandona.
Alto llevo del vigilante el blanqueo
y este ojo lavado en ardor
contra el anticipo tan sonoro
del suspiro.
Fernand Ouellette, en La terre d’où (1968-1971)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

El verano

Andreas Nicolas Fischer
EL VERANO
Que lento es el ser que viene
a iluminar el aire.
En la orilla de un muslo nos disolvemos
para tender el corazón hacia las sendas
de los olores umbríos
y el resplandor de las palabras de azafrán
Pese al cielo de hojas que palpitan,
por el sol la montaña se hace grave
sobre la nuca.
En soledad el alma se fatiga.
Las ciénagas levantan las rejillas
como cáscaras alrededor del soplo.
¡Qué exceso en lo infinito
de luz que estalla sobre el ojo cerrado!
Incluso las manos se diluyen contra la curva
de la presencia aún, pese a todo, tan viva.
Y el pensamiento se mutila
en los arbustos de las cigarras.
Que sorda es la fuente bajo el bochorno 
y secreto el pasaje del invitado.

Fernand Ouellette, en La terre d’où (1968-1971)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Entre la más lejana estrella y nosotros]

Spencer Finch
Entre la más lejana estrella y nosotros,
la distancia, inimaginable, permanece aún
como una línea, un lazo, un camino.
Si hay lugar fuera de toda distancia
debería ser ahí que se perdiese:
no más lejos que toda estrella, ni menos
         lejos,
sino ya casi en otro espacio,
afuera, expulsado de las medidas.
Nuestro metro, de ahí hasta nosotros, ya no valía:
tanto, como una cuchilla, el corte en la rodilla.
(224)
 
[90 no son nada]
Philippe Jaccottet, de Leçons (1971)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Un sencillo soplo, un ligero nudo del aire]

Spencer Finch
Un sencillo soplo, un ligero nudo del aire,
una semilla que escapa a la maleza del Tiempo,
nada más una voz que volaba cantando
a través de la sombra y la luz,
se desvanecen: no hay rastro de herida.
Enmudece la voz, más bien parece, un instante,
la amplitud sosegada, el día más puro.
¿Quiénes somos, que hace falta este hierro en la sangre?
(231)
 
 
 
[90 no son nada]
Philippe Jaccottet, de Leçons (1971)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.
 

[Miradme]

Agneta Ekholm
Miradme
dice lo que en ellos asciende desde el fondo del lenguaje,
olvidad que vosotros sois para que yo sea,
haced de mí lo que yo aspiro a ser,
renunciad a vuestro sueño por el mío,
amadme, dadme forma, rostro
con vuestras manos de sombra y luz. El cielo de la tarde
es, quizás, una rosa. Rosa por venir
para vuestros trabajos de horticultores en las nubes,
rosa de árbol, de ríos, de caminos,
de camas desechas, de manos simples, buscando
otras manos, al ciego. Rosa de las palabras
que una dice a la otra, para nada más 
que el estremecimiento de la palma, de los dedos.
El cielo cambia. La rosa sin por qué
sois vosotros, ¡escuchad! Una sola palabra
tiene en su hondura una música,
el fonema es corola, la voz es el ser
que florece incluso en lo que no es.
Yves Bonnefoy de L’Heure présente (2014)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Pero veraz es la pintura de paisaje]

Agneta Ekholm
Pero veraz es la pintura de paisaje,
veraz la flor
de la retama en el desierto
veraz la voz que la ha nombrado
en nuestras palabras exterminadoras, sobre las cuestas tristes.
Y ve, en el camino,
esos dos que allí se alejan.
Se detienen, de pronto
se giran el uno hacia el otro. Se confrontan,
se insultan, ¿se destruirán los unos a los otros, de angustia
de ser la ilusión que saben ser?
Pero no, parecen mirar el cielo de la tarde,
donde aparece un sol niño, con su cabeza inmensa
alta ya sobre el viejo horizonte.
Y es verdad que los árboles que he visto
hacerse incandescente continúan
no muy lejos de ellos, siendo este rayo
venido de no se sabe dónde, que no se borra
más que afinando, desde su último instante,
los granos de un oro sin materia.

(236-237)

Yves Bonnefoy de L’Heure présente (2014)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Y sin embargo puedo decir]

Agneta Ekholm
III
Y sin embargo puedo decir
la palabra lechuza o la palabra zafra o la palabra cielo
o la palabra esperanza,
y así, al levantar los ojos, veo esos árboles
que besa sobre el camino un sol de tarde.
Es un fuego muy dulce, sus brazos claros
transmutaban el follaje en luz,
y aquí está la pradera, allá las cimas,
y sus manos se juntan, sus cuerpos se buscan
con esta evidencia, silenciosa,
que habría de llamarse belleza.
Miro esos árboles una hora entera,
allí está lo visible, apenas, porque
la visibilidad se hace oro pulido
mientras que sin embargo alrededor la noche cae.
Escucho una palabra, busco ver lo que designa,
y me parece, irreprimiblemente,
que esto se vuelve a colorear, que los ojos
se reabren, sorprendidos,
en el sueño de piedra de la mente.
Las palabras portan más que nosotros,
saben más que nosotros, buscan
al borde de un agua del fondo de nuestro sueño,
negra y rápida, rehusada, 
el vado de una luz?, y ella
¿tiene sentido, en una vía distinta,
desde luego, a la esperanza de ayer todavía?
Escucho una palabra, otra se aproxima,
este dormilón y esta dormilona se despiertan
en un poco de sol, sus manos se tocan,
¿Es tan sólo deseo,
el mismo sueño de cambiar de rostro?
¿El relámpago que aquí perfora en vano el cielo?
(235-236)
Yves Bonnefoy de L’Heure présente (2014)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[bajo sus iluminaciones de cielo negro]

 

Agneta Ekholm

 

Grave
bajo sus iluminaciones de cielo negro,
la página en el libro. Queremos levantarla
aunque sea sólo por un ángulo, ver más allá
el espacio de las otras páginas. Pero el fajo
de esas otras forma masa. Parece adherida
por un agua del fin del mundo. ¿Turba
para un último fuego? ¿Tenemos que creer
que el signo que toma al filo de las cosas
como un rayo, y ahí relumbra,
no habría sido más que manos reunidas vanamente
sueños, exaltación de nada más que sueños,
momia decorada para nada, bajo su manto de piedra?
Se hace de noche. En las recámaras
los cuerpos se desnudan. A veces un movimiento
para nada, inacabado,
invade a un durmiente y atormenta su sueño.
¿Voy a tocar ese hombro pálido, ese otro,
pedir que los ojos se abran, se agranden,
que los cuerpos resuciten, como se cree
que una vez sucedió? ¿Gritar,
regresa, Claude, regresa, Enzo, de entre los muertos?
Grito nombres, nadie se despierta.
Yves Bonnefoy de L’Heure présente (2014)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Y mira, allí, es Venus]

Agneta Ekholm

Y mira, allí, es Venus
inclinada sobre Adonis moribundo. Y esa otra imagen
es Níobe, all tears. Veo a Judith
desvestirse, ensangrentada. Veo, en la lluvia de oro,
a Dánae, sus cabellos dispersos. Amiga, ¿ves
cuando el pintor no ha tenido en sus manos
más que cuerpos cuyos ojos se cierran? Te toco,
los hombros desnudos, reflejos en la penumbra,
¿eras tú el oro que esparcía el dios?
Y no nombres a Ofelia,
te ríes. Tus prendas se abren
el agua negra te penetra, las corrientes
te llevan. Te inclinas sobre él,
el loco príncipe, extendiendo su cabello
que adhiere el sudor de su fiebre, tocas
sus sienes y tus labios. El agua rápida
cubre algunas de sus palabras, dispersa las tuyas,
Oh, traición,
¿te llamas Desdémone?
Willows, willows…
Y él te llama J.G.F.,
eres «su Electra distante»,
escucha atentamente:
la enfermedad y la muerte hacen cenizas
con todo el fuego que por nosotros arde.
(83-84)
Yves Bonnefoy de L’Heure présente (2014)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Mira, teólogo]

Agneta Ekholm

Mira, teólogo,
¿no crees que Dios
se ha cansado serlo?
Imaginas
que él, que es infinito, no pueda acabar
consigo
pero sabes que ningún sacrificio, en sus altares,
ni incluso el sacrificio de su hijo,
enciende todavía su deseo. 
Se gira
hacia la que dormía a su lado,
el alma del mundo,
él tocará su brazo, su cadera desnuda,
no la despertará.
Descenderá él
a sus jardines, de terraza en terraza,
deteniéndose, a veces,
como esas bestias
que se paralizan de golpe
por un ruido, una sombra,
no escuchará
el ruido del cielo. Ni tampoco
el grito de desaliento. Ni siquiera
el aullido de la bestia sacrificada,
ni acaso
las notas vacilantes de la flauta
de un pastor bajo la última haya retrasado.
Se evaporaron
el buey y el asno
y ese cordero que es apenas asombro.
Las constelaciones, nos decían,
habrían relumbrado en esta paja.
Yves Bonnefoy de L’Heure présente (2014)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[¡Mira!]

 

Agneta Ekholm
I
¡Mira!
Un relámpago invade el cielo, esta noche otra vez,
toma la tierra en sus manos pero duda,
casi se inmoviliza. Ha pensado
una frase, una firma, no, tambalea
lo vemos caer, iluminando,
en los brazos de uno y otro,
sueño y muerte.
El relámpago, una ilusión,
incluso el relámpago.
Una ilusión, la forma
que se despliega, un sueño
que enlaza la forma, y caerá
con ella, rota,
desprovista de sí, a estos confines,
allá, de nuestra noche aquí,
la hora presente.
Mira, ve.

 

(81)
Yves Bonnefoy de L’Heure présente (2014)
Traducción de Víctor Bermúdez
Original aquí.

El sol no tiene patria

Jonathan Reid

El sol no tiene patria
A veces
oh muy raramente
ya no podías más
con el torbellino de lo cotidiano
con la erosión del trabajo
visible e invisible
con este vacío que se extiende alrededor de ti
por la cobardía de algunos
por desierto interior de otros
y tus lágrimas brotan
sin tu consentimiento
pero muy pronto
vuelve la sonrisa
levanta tu puño
antes de las despedidas
En esos momentos
quedaba desolado
y el ejemplo perpetuo de esperanza
que me venía a la mente
era el de aquellas mujeres de los arroces
llevando en alto hoy
la bóveda del cielo de Hô Chi Minh
¿Quién dice que ellas nunca lloraron
cuando transportan la tierra
picando el arroz
cosechando
bajo las bombas?
Pero siempre bregaban
vigilando el cielo
los pájaros de acero y de masacre
y aún más rojo el sol
de la victoria incontestable
Nosotros también
sostenemos algo semejante a una guerra
menos devastadora
pero quizás más sutil
También nosotros vigilamos nuestro cielo
sus promesas
Así acabas reconociendo
conmigo
que siempre seremos los más fuertes
porque
el sol no tiene patria
(188-189)
Abdellatif Laâbi, extracto de L’Arbre de fer fleurit (1974)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Y luego descubrí]

Ezgi Polat 
Y luego descubrí
el tercer cuello de tu cuerpo
la raíz arteria de tus zonas profundas
sus nervaduras asaltando
los senderos deslumbrantes de tu costado
que en mi mano se talla
para transmitir a toda tu estatura
relinchos de yegua protectora
cuando el sol preña la tierra
apenas surgida del caos
desamparada la tierra
sacudida por grandes espasmos
buscando asiento
En este exacto momento los volcanes se despiertan
y la tierra concibe
cómoda su lugar en el universo
noche, mis ojos perdidos
sin recordar
mis dolores acumulados
y mi nueva errancia
noches
en que me unía al andrógino
derribando todo en torno a nuestra noche
las lianas del mito
Luego tus senos en su nacimiento
tu permanencia virginal
brotando de ambos lados
para levantar bien
las bóvedas brillantes de tus caderas
y en este equilibrio de catedral
endulzar el resplandor arcoíris de tus vidrieras
Luego tu nuca que se ofrece
distribuyendo en tu espalda las tonalidades de la blancura
y sin cronología
tus labios
que voy a celebrar sólo por ti
(113-114)
Abdellatif Laâbi, extracto de L’Arbre de fer fleurit (197piafaba, 4)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Y luego tus ojos]

Nishe
Y luego tus ojos
como ese fuego sobre la montaña
pero una montaña donde se transportaba el mar
para proveerse de una doble transparencia
la bóveda del cielo
todos los matices del azul
con un ligero verde-bosque
y pigmentos pardos de tierra
tal como los imagino
Que decían tus ojos
si esto no es la mentira de mi tribu
sobre las gacelas del desierto
si no es la hipocresía
de los poetas cortesanos
seductores de las Caras-de-la-luna
y de tantos admiradores efebos
si no es el horror
de la violencia patriarcal
ejecutando legítimamente el coito
Me rebelé al principio contra aquello
Luego tus ojos
como el sueño frágil de mi patria
y sus albas de desalientos
la brisa lamiendo el oro de los alminares
y ese fuego transparente sobre la montaña
Tú me mirabas
como Atlantis
o el Cristo hecho león
y al principio todo es mi angustia rabiosa
que yo ahogaba en los fondos marinos de tus ojos
Fuimos como dos continentes
que la deriva llevaba hasta el encuentro
uno bajo el otro, uno sobre el otro
y de raíces entremezcladas
y de savias antidiluvianas
y de todo lo que no se interrumpe
y de todo lo que se parece al hombre
se forma el asombroso cuerpo de nuestro amor
(112-113)
Abdellatif Laâbi, extracto de L’Arbre de fer fleurit (1974)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Entonces hacia ti mi largo recorrido]

 

Nishe

 

Entonces hacia ti mi largo recorrido
para ganarme la palabra
«Yo, ¿qué era
antes de conocerte?»
un racimo de cóleras azotando las ruinas
el hombre en cruz y encapuchado
me abrió el cuerpo
traficó los órganos, desapretó el cerebro
dándome por muerto
sobre el margen del asfalto
algunos libros, algunos víveres
para disponer bien mi erosión
¿Qué era yo?
un racimo de cóleras azotando las ruinas
maldiciendo la ciudad
el odio tomaba cuerpo
lanzando anatema sobre anatema
a la cabeza de las cobardías
de las traiciones
y de los fósiles valores
el odio tomaba cuerpo
la muerte de Dios
y la nueva barbarie
ni esta, ni aquella
en el laberinto del orgullo
Y entonces tu mano
y la ternura del mundo
lo que los libros no me han enseñado
lo que las calles no me han enseñado
lo que sólo la cuenca me murmuraba
lo que sólo la arabesca me sugería
cuando nací a la contemplación
Tu mano de adivina
inundada de auroras
que tomo
ajustando dedo a dedo
juntando las líneas
verificando su materialidad
sintiendo su fluido, su filtro
enlazándome a las fuerzas originales
Yo
¿qué era?
un racimo de cóleras azotando las ruinas
apenas despertando
a la gran miseria social
en un universo de convulsiones
temía el fin
temía el comienzo
pero piafaba, coceaba, mordía
escalpado en mi carne y en mis ojos
maldecía nuestra vergüenza
la espera y la conformidad
concibiendo la más enorme ira
contra los agresores de nuestra historia
(111-112)
Abdellatif Laâbi, extracto de L’Arbre de fer fleurit (1974)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.

[Y si dramatizo]

Nishe
Y si dramatizo
es porque en el fondo
soy hombre de síntesis
y si grito
como si no viera tras de mí más que ruinas sobre ruinas
es porque sé
lo que nos costará
sobre todo ahora
merecernos la palabra
nuestra faz humana
merecer la alegría venidera
porque de ahora en adelante
necesitaremos
todo nuestro genio
toda nuestra antigua locura de visionarios
necesitaremos
toda nuestra lucidez
Así
mi cerebro habrá seguido funcionando
Siento incluso que mi corazón ha crecido
y este sol que hunde todas las barreras
nace y muere a mis pies
y esta noche atragantada de estrellas
como una montura
que me ayuda a atravesar los siglos
y este perpétuo clamor
afuera
marejada de manos
índice que nombran los blancos
Soy feliz
como me gusta ahora
y cómo sabe mi odio elegir
¡Alzaos
millones de poetas!
Prisión civil de Casablanca
(134)
Abdellatif Laâbi, extracto de L’Arbre de fer fleurit (1974)
Traducción de Víctor Bermúdez.
Original aquí.